sábado, 8 de março de 2008

Muller e medios

Hoxe, cando algúns decidiron obrigarnos a poñer a mente en branco e esquecer que é 8 de marzo, cedo este espazo gratuito para reproducir un artigo inédito dunha xornalista amiga. Se hoxe toca reflexionar, reflexionemos:

Divinas, muertas o putas

Me llamo Marcela, tengo 45 años y una hija de 16 que un día me pidió que la ayudara a ser famosa. Yo sólo quiero que mi niña sea feliz, pero no sabía cómo ayudarla, así que se lo conté preocupada a Inés, una clienta mía periodista que viene a hacerse la cera una vez al mes. “Con lo mona que es tu Tamara, Marcela, lo más fácil es que sea famosa como artista, como muerta o como puta”, me contestó ella y yo, de la impresión, le di tal tirón en la ingle que su grito resonó hasta en la sala de espera. “Bueno, bueno, no me hagas caso si no quieres –continuó dolorida-, pero coge cualquier periódico y tú mira”. Ni le contesté ni volví a hablarle ese día, pero no lo hice por enfado, como podría parecer, sino por la vergüenza de no saber qué replicarle, porque hasta ese día yo no leía periódicos.
A la mañana siguiente, antes de abrir la peluquería, me fui a un quiosco y me compré uno, uno que debía de venderse mucho, porque la pila de ejemplares le llegaba al quiosquero por encima de la rodilla. No me atreví a hojearlo hasta que me vi sola en la sala de estética con un café de máquina entre las manos. Entonces empecé a mirar y a contar, minuciosa, porque quería tener con qué callarle la boca a la enterada de Inés, pero al empezar a repasar las setenta y tantas páginas de aquel periódico la que quedó sin palabras fui yo. Presidentes de gobiernos, corbatas, ministros, trajes oscuros, ingenieros, jueces, bigotes, gemelos... fueron haciéndome subir y bajar la cabeza y entreabrir la boca mientras pensaba en lo difícil que iba a ser hacerle un hueco a mi niña entre aquellos tipejos, que aquel día sólo habían dejado un rectángulo para colgar su foto a una ministra, a la que, además, querían echar del Gobierno. No fue hasta bien pasada la mitad del periódico que empecé a ver un poco de luz para mi Tamara. En la página cincuenta y tantas salía una foto grande de una chica joven. Era guapa, de ojos verdes y una boca apenas coloreada de rojo. Tenía ojeras de chica mala, como de haber salido de copas, y decía en letras grandes: “Cuando haces strip-tease, tú eres tu propio agente”. Pero, en realidad, aquella muchacha era, además de ex stripper, sobre todo guionista y de lo que hablaba en la primera mitad de aquella noticia era de una película que iba a presentar en un festival de cine. No entendí bien aquello –sería, pensé, porque era novata leyendo periódicos- ni tampoco me convenció que mi hija llegase un día a ser tan famosa como para salir en un periódico y que después la recordasen cuando vendía hamburguesas los veranos en el McDonalds. “Tamara Fernández, artista y ex vendedora de hamburguesas”. Eso sí que no.
Pero no me desanimé y seguí avanzando hasta llegar poco después a una página que me gustó. Arriba ponía Gente y debajo salían fotos grandes, bonitas y –lo más importante- en las que salían mujeres: había una chica rubia y muy guapa, una actriz, al lado de un director viejo y feo; salía una señora mayor, que no era guapa ni famosa, pero que era la madre de un presidente de Gobierno; y en la foto más bonita de todas aparecía otra mujer, muy guapa y morena, también actriz, haciendo su “mejor papel”, según decía el periódico, que era el de tener en el regazo a una niña de dos meses que había tenido con un millonario francés. Ahí me quedé ese día, porque era ya la hora de abrir el negocio, y me quedé, además, satisfecha. ¡Cómo me hubiera gustado a mí ver a mi hija, con lo mona que es, saliendo en una foto de esas del periódico! Y con esa idea seguí todo el día, mientras pensaba cuál sería la forma más fácil de conseguir una carrera de artista para Tamara. Llegué a la noche cansada y sin ideas, porque mi hija es guapa y esbelta, pero no sabe cantar, no retiene nada en la cabeza -como para aprenderse un papel- y de tan alta que es anda como un pato mareado. Derrotada y decidida a no pensar más, me tiré en el sofá, encendí la tele y encontré, para mi sorpresa, lo que me pareció la solución. A esa hora estaban poniendo un concurso del que ya me había hablado la niña, en el que salen jovencitas que quieren ser modelos, y, entusiasmada, me incorporé en el sofá para no perder detalle de aquel trampolín que podía hacer de mi hija una famosa feliz. Aquellas chicas eran preciosas y un poco bobas, como Tamara, pero en lugar de mimarlas, los del programa las llamaban estúpidas, las hacían bajar por escaleras o llevar libros en la cabeza hasta hacerlas llorar y con palabras soberbias les decían que tenían que ser humildes. Y algunas, como mi hija, no tenían ni edad para votar.
Ya sé que era un abuso del todo, pero al ver a aquellas chicas se me quedó el corazón encogido y sin pensarlo más busqué en la agenda de las clientas y llamé a Inés, que siempre trabaja hasta tarde. “¿Pero no hay un teléfono del menor y las leyes dicen que no se puede maltratar a los chavales?”, fue una de las muchas interrogaciones que me salió atropellada de la boca mientras le contaba lo que había visto y le juraba que mi hija no pasaría por eso. “Lo importante es el espectáculo, mi querida peluquera, ¡qué más darán los menores y sus maltratos psicológicos! Maltrato es que tú le des una bofetada a Tamara, no que la lleves a un programa de televisión donde la humillan, la exhiben y la insultan ¡Eso no, querida!”, me dijo ella. Le pedí perdón por llamarla a esas horas, pero le confesé que estaba muy preocupada por la felicidad de Tamara y por su futura fama, que veía tambalearse. “Yo te di tres soluciones, Marcela, y si la primera quizá no es la más fácil, te aseguro que la segunda funciona. Aquí estoy yo a estas horas montando una página a cinco columnas con una chiquita a la que ha matado su novio porque no quería casarse con ella. Eso también vende, al menos por ahora, y además va con foto”, me explicó Inés, aunque las dos coincidimos en que quizá era una gloria demasiada efímera para lo que mi niña necesitaba. “Pues ya sabes cuál es el tercer camino –me sugirió Inés antes de colgar-; echa otro vistazo al periódico, a ver si te inspiras”.
Al día siguiente, sólo por curiosidad, cogí otro diario en el quiosco, también de mucha tirada, según parecía, pero me convencí de que en esa ocasión Inés se equivocaba. En una página entera, después de pasar otras muchas con fotos de hombres trajeados, el periódico hablaba de las prostitutas y decía muchas cosas que me dejaron espeluznada. Contaba, por ejemplo que, según la policía, el 85% de las mujeres que ejercen la prostitución en España no lo hace de forma voluntaria y que más o menos la misma proporción de ellas son extranjeras; que la Organización de Naciones Unidas (ONU), estima además, que al año en el mundo son compradas y vendidas unos cuatro millones de mujeres y niñas y son obligadas a ser prostitutas, esclavas o esposas; y que la mayoría de las 500.000 mujeres introducidas en Europa Occidental para ejercer la prostitución son inmigrantes traídas por las mafias, sin saber muchas veces a qué vienen ni en qué condiciones van a vivir. Al lado de estos datos un periodista escribía una columna en la que denunciaba la continua violación de los derechos humanos que gobiernos, sociedades y usuarios de la prostitución están tolerando y hasta alentando.
“¿Pero qué me estás contando de prostitutas que salen en los periódicos, tunanta?”, le espeté a Inés en cuanto llegué al final de la información y pude coger el teléfono. La pobre tardó en reaccionar un rato y cuando lo hizo me colgó el teléfono porque eran las ocho menos cuarto de la mañana, pero a la hora del vermú me llamó, comprensiva, para saber qué había ocurrido. Le conté lo que había leído de la prostitución. “No tenía previsto meter a mi hija de puta, pero tampoco me cuentes que las que más salen en los periódicos son ellas, hija...”, protesté, pero Inés, que sigue sabiendo más que yo de muchas cosas, me abrió otra vez los ojos. “Coge el periódico otra vez, mujer, y busca más adelante. Bien que no quieras meterla puta, pero recuerda que hay quien dice que es una profesión como otra cualquiera y que sepas, además, que es el segundo negocio más lucrativo del mundo, por detrás del tráfico de armas y por delante del de drogas, aunque creo que no para las prostitutas, no sé por qué será...”, me ilustró por la línea telefónica mientras yo le arrebataba el periódico a una clienta a cambio del Hola. Pasé las hojas con ansia y enseguida supe lo que Inés me había mandado buscar. En dos páginas con letras minúsculas, de anuncio de pisos, varias docenas de mujeres y un par de hombres enseñaban en fotos pequeñitas sus culos, sus pechos, sus lenguas, sus proporciones, sus prestaciones... “¿Pero esto sale siempre?”, pregunté sin intentar ocultar ya mi ignorancia sobre la prensa. “Menos de lo que les gustaría a quien los cobra, supongo...” Pero no la dejé seguir porque las preguntas se me acumulaban: “¿Pero para sacar esto no tienen que poner No Recomendado para Menores de... como hacen con las películas o los videojuegos? ¿Pero no se supone que los niños tienen que aprender a leer periódicos para no ser unos desinformados como yo? ¿Pero no decían que esto era una lacra y que los derechos humanos y que bla bla bla...?, dije hasta quedarme sin aire. “¿Pero tú sabes lo que es el dinero, mi reina? ¿Tú sabes que en un periódico importante cada palabra cuesta lo mismo que un café y que una página tiene 1.500 o 1.600 cafés y que un periódico de los grandes tiene a veces tres páginas o cuatro llenas de cafés y que todos esos cafés en un año suman, pongamos, tres, cuatro, cinco millones de euros? ¿Me puedes decir a quién le va a importar que el café sea malo para el corazón, bonita, sobre todo si el corazón es de otro o, más bien, de otras?”. El periódico se me deshizo en las manos, mientras con el hombro mantenía el teléfono junto a la oreja, incapaz de hablar. “Lo que yo te diga, Marcela, para estar en el papel prensa, divina, muerta o puta; es lo que hay”. Y tanta razón tenía que lo único que alcancé a pensar entonces, al acordarme de la felicidad de Tamara, fue: “¿Y por qué no habría salido niño?”.

domingo, 24 de fevereiro de 2008

Antonieta (IV)

Pasados uns minutos, non lle quedaba unha pinga salgada no lacrimal. Respirou fondo unha, dúas, tres veces como se despois dos ollos precisase limpar tamén os pulmóns e con eles cheos empezou a berrar como se bease:
-Antonieeetaaa! Antonieeetaaaa!
Unha, dúas, tres cabezadas contra a porta trancada déronlle a réplica e fixérona saír de vez dese abatimento que ainda loitaba por atrapala. “Estás parva, Encarnación!”, dixo en voz alta mentres se daba unha lapada na fazula. De seguido levantouse do banco no que estaba, destrancou a porta e, sen abrila, voltou ao mesmo asento.
-Antonieeeetaaaaa!
Dunha cuarta cabezada, a cabra abriu por fin a porta e con ela entraron a gata e os gatiños e asomou o fociño Falconetti, que sabía que o interior da casa era terreo vedado.
Os animais, tamén os cativos, quedaron estrañamente quedos a tres metros da vella, como se Encarnación fose un ser fabuloso e superior que lles fose descubrir un misterio. Ela porén foi mirándoos un a un coa cabeza baixa, humilde, e só cando atopou os ollos de Antonieta, que volvían ter o brillo de sempre, comezou a sentirse tamén ela confiada. Relaxou un pouco os beizos, que ata entón tiña apertados, ata formar case un sorriso, e ao tempo que daba unha pancada sobre a perna esquerda, dixo como unha domadora de feras:
-Arriba, morena!
Como se fose un xesto vello e cotidiano, a gata deu dous chimpos moles no chan e, ao terceiro, colocouse sobre o muslo da Roxa, que pousou entón unha man no lombo do animal. Ao tempo que a gata arqueaba o corpo e rosmaba como se sentise un arrepío doce, Encarnación mirou a pelaxe negra que brillaba entre os seus dedos, mirou máis alá o ollar atento e de novo familiar de Antonieta, mirou ao seu carón o tímido xogo que argallaban xa os gatiños e, sen saber como, comezou a sentir de novo humidade nos ollos, que cría xa secos. Asustada por aquel melindre e pola picada que comezaba a abrirlle o peito, a vella deuse otra lapada no rostro e, esquecendo o seu silencio dorido das últimas semanas, falou de novo:
-A ver, muller. Xa é tempo de poñerte un nome, digo eu –dixo ante o ollar atento do animal, que seguía a rosmar compracido- E un nome de categoría, que ninguén armou tanto rebumbio nesta aldea dende hai... buf... Nin sei.
Non pasou máis dun minuto ata que un nome comezou a repinicarlle na cabeza como un badalo.
-Xa está, muller, xa está! Berenguela! Berenguela, como a da catedral! Claro! –e soltando un pouco máis de corda a aquela inspiración dixo máis amodo, como si soletrase- E os cativos... do máis negro ao máis claro... Dan, Den, Din, Don e Dun. Si, señor!– E soltou unha gargallada clara como a auga do río.
A partir daquel día, o que antes era unha procesión de escarnio volveuse para a vella un desfile luminoso, e, lonxe de castigar aos seus veciños con ollares doridos e silencios envergoñados, regaláballes todas as mañás sorrisos abertos de avoa orgullosa e saúdos cantareiros que os outros non podían menos que respostar cun bo día curto, seco e case ofendido, pero bo día ao fin.
A aldea seguía a murmurar ás súas costas e a ollar con escándalo os aloumiños de Antonieta e Berenguela -a Roxa sabíao ben-, pero ninguén era quen de facerlle un reproche nin mencionarlle á súa nova familia, ainda que tampouco de falarlle de cousa ningunha máis alá do precio do millo e das sementes ou da data de pagar a contribución.
Resignada, ainda que contenta, a Roxa gardaba as súas ganas de falar para os seus animais e, como viña facendo dende había anos, parolaba horas e horas diante do agora numeroso auditorio.
Nunha desas estaba unha mañá, a explicarlle a Antonieta, a Berenguela e aos cativos como se facía un potaxe de vixilia, cando tres golpes na porta inundaron de silencio a casa.

terça-feira, 5 de fevereiro de 2008

Abrigo

Ás veces, cando o vento que fai tolear o mar aquí ao lado peta nas miñas ventás de madeira vella e pintura branca descascada, cando un fío de ar pasa como un ilusionista polas xuntas mal casadas e un frío húmido e testán fai súa a miña casa, soño con ventás de aluminio e calefacción centralizada; soño con diñeiro, sen querer. Eses días, cando o meu corpo quece despois ao calor dos meus, venme sempre á cabeza un texto de Natalia Ginzburg, demasiado longo para reproducir aquí, e este poemiña de Benedetti, que se titula Abrigo:

Cuando sólo era
un niño estupefacto
viví durante años
allá en colón
en un casi tugurio
de latas
fue una época
más bien
miserable
pero nunca después
me sentí tan a salvo
tan al abrigo
como cuando empezaba
a dormirme
bajo la colcha de retazos
y la lluvia poderosa
cantaba sobre el techo
de zinc.

segunda-feira, 14 de janeiro de 2008

Antonieta (III)

Se nos setenta e tantos anos que A Roxa levaba pisando a terra da aldea ninguén foi quen de facerlle un reproche máis alá de menear a cabeza ao ver a aquel porco repoludo ou asomar un sorriso cando sorprendía algunha parrafada cos animais, o de Antonieta e a gata foi demasiado para Boiniña. Ninguén sabería dicir se o escándalo viña por aquela estraña mistura de especies, se por que se xuntase unha gata nova e negra cunha cabra vella e branca ou, simplemente, porque á xente queimáballe por dentro a imaxe de dúas femias a frotar os corpos polas leiras, pero o certo é que nin a propia Roxa ousou poñerlle nome a aquela gata e, por un tempo, fixo como se Antonieta tampouco estivese bautizada.
Renegar das bichas non lle serviu, porén, porque en canto a gata pariu e os fillos puideron saír da toba, cada vez que A Roxa poñía un pé fóra da casa formábase unha procesión ás súas costas que acabou de espantar á aldea. Presidía Antonieta por ser a máis vella daquel matriarcado; camiñaban a seguir cinco gatiños, mistura de branco e negro en variadas proporcións, que tentaban cada pouco romper a formación por causa dunha bolboreta que lle bailaba a un no fuciño ou dunha herba á beira do camiño que provocaba a outra co seu tremer; e pechaba a gata negra, que pasaba o tempo todo correxindo a traxectoria dos cativos desnortados e devolvéndoos cunha dentada amorosa na caluga aos seus postos na ringleira.
Impotente diante daquel espectáculo, a Roxa facía como que non ía con ela e camiñaba co ollar ao frente sen prestar orellas ao bear e ao miañar que marcaba os seus pasos, pero de seguido atopaba a alguén que lle recordaba, sen atreverse a nomealo, o que levaba ás costas.
-Señora Encarnación, por el amor de Dios... –díxolle enrugando a boca Ernesto, o carpinteiro, cando pasou pola porta do seu obradoiro de camiño á tenda- Eu xa non teño idade para ver tolerías e vostede ainda menos para facelas. Saque de aí, por Dios- e baixando os ollos comezou a sacar labras dun delgado listón de madeira ata case consumilo.
A Roxa calou e seguiu coa cabeza alta, pero no traxecto ata a de Mariquiña, a tendeira, foi deixando caer os ollos sen querer ao tempo que os tres veciños cos que se cruzou tornaban o seu sorriso de bo día nun ollar fuxidío e envergoñado en canto vían asomar detrás da vella aquela tropa animal.
-Dame cen gramos de levadura, medio quilo de café e un cuartillo de aceite e que me leven despois á casa un saco de millo para as galiñas- dixo nada máis entrar na tenda para evitar as lerias de Mariquiña, pero axiña viu que a muller non estaba faladora e non facía máis que mirar cara a porta, onde quedaran agardando como cans ben mandados a cabra, a gata e os seus fillos.
Á tendeira comezoulle a subir a cor ás meixelas e cando por fin falou tiña encarnada ata a punta do nariz.
-Deixe, Encarnación, que xa lle mando todo o pedido polo meu home...
-Diso nada, que necesito a levadura e o aceite para facer un bolo– protestou a vella.
-Marche xa, que llo leva axiña, muller.
-Queresme dar iso dunha vez, que non teño todo o día- dixo molesta.
-Pois non veña con ese circo! –reventou por fin a outra sen deixa de mirar cara a porta-Que esto é unha casa decente...
A que empezou a acenderse entón foi a Roxa, pero non de vergoña, senón de carraxe.
-Pero que parvadas dis, rapaza? Que circo nin circo? –dixo cos ollos moi abertos e apretando os dentes.
Chorromicando, Mariquiña comezou a pesarlle a levadura.
-Ata o dixo o cura o outro día na misa, Encarnación. Que o que ten montado usté na casa con eses animais é contranatura.
A Roxa non entendeu ben aquela palabra, pero si o que o cura e Mariquiña querían dicir.
-Que me leven todo a casa!- foi o único que engadiu, ademáis dunha sorte de orneo que Mariquiña non soubo facer casar con ningunha palabra cristiana.
-É que están por chegar os nenos do colexio, Encarnación! –tentou desculparse a tendeira mentras a Roxa saía pola porta.
E cando a outra xa non podía oír, ainda murmurou:
-Léveos axiña. Corra!
O camiño de volta a casa fixérono nun santiamén e os animais tiveron que andar ao trote para seguir o paso apurado daquela vella, que ao chegar a cancela da finca lles sacaba máis de cinco metros.
A Roxa entrou na casa cega e xorda, allea aos ladridos de Siño, que chimpaba na herba para chamar a súa atención, e á benvida de Falconetti, que botara a correr cara a ela dende o cortello coas súas patas raquíticas e torpes. Cando o porco chegou afogado á entrada da finca, a Roxa xa desaparecera no interior da casa e fóra quedaba só unha mistura de beos, ladridos e miaños que parecía petar na porta a chamar pola ama.
Ela non oía. Como se algún dos seus animais fose quen de abrir, Encarnación trancara a porta por dentro. Logo foise á lareira a acender o lume e, cando o vermello da raiba comezou a confundirse no seu rostro co que provocaban as chamas, a Roxa sentou nunha cadeira baixa, apoiou as mans nas fazulas e, mentras sentía quentarse as palmas contra a pel encarnada, fixo algo que non facía dende a última Noiteboa: chorou.

quinta-feira, 20 de dezembro de 2007

Natal









Leio o teu nome
Na página da noite:
Menino Deus...
E fico a meditar
No milagre dobrado
De ser Deus e menino.
Em Deus não acredito.
Mas de ti como posso duvidar?
Todos os dias nascem
Meninos pobres em currais de gado.
Crianças que são ânsias alargadas
De horizontes pequenos,
Humanas alvoradas...
A divindade é o menos.

Miguel TORGA

terça-feira, 20 de novembro de 2007

Antonieta (II)

A cabra estaba sentada enriba das patas, como unha figuriña do Belén, e no lugar desa faísca que escintilaba sempre nos seus ollos, tiña o ollar sereno e ata un pouco aparvado que a Roxa podería imaxinar no boi do presebe ou mesmo en San Xosé. Contra o seu costume, Antonieta non se puxo de pé nin se moveu e só cando a vella deu dous pasos dentro da corte e descubriu que a cabra non estaba soa, despregou as patas dianteiras e chantou os cascos no chan en sinal de alerta. Xunto ao ventre de Antonieta, tenso e inflado como un fol, durmía un gato pequeno e negro que á chegada da Roxa respondeu levantando unha orella, pero sen abrir os ollos nin desfacer o nó que debuxaba o seu corpo enrodelado.
-Fuxe! Fuxe!- empezou a vella mentres sacudía a man cara o animal, que dun salto púxose en pé encrespado e recuou cara a parede como un caranguexo. Antonieta namentres endereitárase sobre as catro patas e beaba fóra de si ao tempo que interpoñía o seu corpo entre o do gato e o da ama, que miraba á cabra sen recoñecela.
Cando o animal estirou o pescozo e lanzou os seus dentes saltóns cara a man que a muller seguía a abanear sen conseguir apresala, a Roxa detívose e comezou a retroceder cara a porta pasmada. Comprobou que a cada paso que desandaba Antonieta relaxaba o seu ollar de ameaza ata que, cando estaba xa na entrada, a cabra virou cara o seu compañeiro e baixou o fouciño ata rozarlle o nariz. A Roxa puido comprobar entón que o gato tiña un ventre dilatado que lle chegaba case o chan, un ventre de gata, e que respondía ao aloumiño da cabra rozando o seu corpo cimbrante contra as patas nodosas de Antonieta.
A vella, esquecida xa do seu recibo da contribución, saiu do cortello coas fazulas encarnadas, cunha mistura de rabia e pudor dentro do peito, pero ao pasar polo fachineiro ainda botou unha ollada cara dentro e viu que Antonieta e a súa amiga voltaran a súa posición inicial e descansaban sentadas no chan cos seus ventres palpitantes e ben arrimados un ao outro.
De camiño a casa, A Roxa xurou non falar daquela tolería a ninguén, pero nunhas semanas toda Boiniña, incluido o meu avó, coñecía o conto.

quarta-feira, 24 de outubro de 2007

Antonieta (I)

Na aldea dos meus avós, en Boiniña, vivía unha señora pequena e enrugada e, con ela, un can que comía mazás, un porco ao que sacaba a pasear cunha corda amarrada ao pescozo e unha cabra vella e descarada que era a súa maior confidente. Á muller bautizárana Encarnación, pero todos a chamaban A Roxa. Cando mandaron a don Euloxio de párroco para a colexiata e chegou don Roberto tardou ainda tres semanas ou máis en darlle a comuñón porque Encarnación era vella e fea como unha bruxa e tiña un alcume que soaba perigoso e, sobre todo, ateo. Creo que foi meu avó, que coñecía á Roxa dende cativo, quen lle tivo que explicar ao crego que onde había agora un cabelo grisallo antes bailaba unha melena mesta e encarnada e que as manchas escuras que a muller tiña na cara foran noutro tempo un cento de pencas que acendían as meixelas igual que estrelas no ceo. Era A Roxa por iso, nada máis, tivo que aclarar o meu avó.
Xa de vella a muller vivía cos seus animais nunha casa de planta baixa ao pé do camiño que saía da aldea cara o monte. Ao can chamábao Siño, de ‘canciño’ seseado, e, ainda que era pequeno e de patas curtas, facía fuxir a calquera que, ao velo rillar na froita baixo unha maceira, ousaba traspasar confiado a cancela. Como premio, A Roxa deixábao durmir dentro da casa, nun cantiño xunto a lareira, pero o seu preferido, ainda que pasase a noite na corte, era o porco Falconetti; iso sabíano todos.
Falconetti era un cocho enorme e manso que foi vendo pasar ano tras ano o San Martiño sen que lle tremesen as patas. “Que desperdicio de animal!”, dicíanlle nos primeiros anos os veciños á dona querendo eloxiar as cualidades do porco para facer un bo cocido. “Mellor estarías ti na ola, lerchán, que non serves para outra cousa”, respostaba ela coas fazulas encarnadas pola rabia e, de seguido, daba un tironciño na corda que amarraba ao porco e marchaba rosmando e coa cabeza moi tesa, como se pasease un caniche por unha rúa céntrica da capital. A ela Falconetti servíalle para moito máis que para facer o caldo. A Roxa faláballe con palabras doces, como a un namorado, mentras paseaban polos carreiros da aldea e o porco escoitábaa meneando un pouco a cabeza e facendo bailar as orellas, como se asentise. Outras veces semellaba ser el o que animaba a conversa porque a vella escachaba de súpeto nunha gargallada e pasáballe unha man polo pescozo ao animal, como se o cocho lle acabara de contar algo cómico.
Para Falconetti eran as boas palabras, pero cando a muller andaba a cismar polos cantos acababa desfogando coa cabra. Falconetti debía de andar polos sete ou oito anos, pero dos da cabra A Roxa xa perdera a conta. Ainda así, o animal era áxil e aloucado como unha cabuxa e tiña un pelaxe branco e brillante que o facía parece sempre aseado. A cabra tiña ademáis ollos vivos e cara de lista e, ainda que fose casualidade, escoitaba os desacougos da Roxa calada e co ollar baixo e só cando a muller preguntaba “Ti que dis, Antonieta?” levantaba os ollos, deixaba pasar uns segundos e soltaba un beo longo e reflexivo.
A escea repetíase cantas veces A Roxa requería á cabra, pero unha mañá de principios de verán, cando a muller foi á procura do animal ao cortello para queixarse porque chegara o recibo da contribución, descubriu que algo cambiara en Antonieta.